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Cuando elegís callar en lugar de decir lo que pensás y su efecto.

¿Te quedás callada para no generar conflicto y después pasás el día rumiando lo que no dijiste? Ese silencio tiene un costo invisible que se acumula. En este artículo te cuento por qué todo lo que no decís te agota más de lo que creés, y cómo empezar a reconocerlo en tu cuerpo.

Cuando elegís callar en lugar de decir lo que pensás y su efecto.

Hay una frase que probablemente te dijiste más de una vez: no vale la pena hacerse problema por esto. Suena razonable. Suena maduro, incluso. Pero por dentro, muchas veces pasa exactamente lo contrario: te quedás dándole vueltas a eso que decidiste no decir.

A lo que voy es que el silencio que elegimos con la idea de que así estamos evitando un conflicto no desaparece. Se queda. Y con el tiempo, eso tiene un costo que rara vez relacionamos con su verdadera causa.

Las frases que usamos para convencernos de que es preferible callar a hablar

No vale la pena hacerse problema por esto. Mejor lo dejo pasar, total ya fue. No quiero arruinar el clima.

Son frases que parecen simples, casi automáticas. Las usamos para guardar lo que sentimos sin tener que cuestionarlo demasiado. El problema es que, aunque hacia afuera el mensaje sea "no pasa nada", hacia adentro seguimos procesando esa situación una y otra vez.

Y eso que parece quedar "ya fue" en realidad sigue ahí, atragantado.

El patrón silencioso que se repite

Pensá en una reunión de trabajo donde alguien propuso algo con lo que no estabas del todo de acuerdo. En lugar de compartir tu mirada, elegiste sonreír, asentir, decir "veamos si funciona". Y después pasaste el resto del día masticando esa incomodidad que ni siquiera podías explicar del todo.

El patrón generalmente es así: me callo, me adapto, acumulo, me canso. Y ese ciclo se retroalimenta solo, porque cuanto más callamos, más cosas tenemos guardadas, y más cuesta volver a hablar.

No es lo que hiciste lo que te cansa. Es lo que fuiste guardando por dentro.

Cómo se manifiesta en el cuerpo

Algo que me parece clave observar es que este costo no es solo emocional, también es físico. En mi caso, cuando elijo callar algo importante para no "arruinar el clima", lo registro después en mi cuerpo: un nudo en la garganta, la mandíbula tensa, esa sensación de tener algo atragantado que no terminó de salir.

A lo que voy es que nuestro cuerpo es un espejo fiel  de lo que la cabeza intenta minimizar. Y ese costo silencioso, ese efecto acumulativo de tantas pequeñas omisiones, es lo que muchas veces se traduce en cansancio, en contracturas, en llegar al final del día con bronca sin saber bien de dónde viene.

¿Te resulta familiar?

Una cosa que podés hacer esta semana

Observá en qué momentos elegís callar. No para juzgarte por hacerlo, sino para entender qué te lleva a recurrir al silencio. ¿Es prudencia genuina? ¿O es la creencia de que callando vas a evitar algo peor?

También podés notar cuántas veces dijiste que sí a algo cuando en realidad no querías. A veces el sí es el camino más fácil, no porque lo sintamos así, sino porque evita la incomodidad de sostener una postura distinta.

Así que para cerrar, te dejo con esta pregunta para que la dejes decantar a lo largo de tu semana ¿Qué es lo que estás sosteniendo desde el silencio y que ya te está pesando demasiado? 

Si esto te resonó, me encantaría leerte. Podés compartirlo en los comentarios o escribirme por mail haciendo click acá.

Para cerrar, también podés:

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